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viernes, 20 de mayo de 2016
El sermón atómico
Crecer bajo el sol
bendecir este mundo
vivir en la plenitud de la conciencia
colmar los apetitos del deseo
realizar los impulsos vitales de nuestro ser
rebelarnos contra los dogmas opresores de la razón
negar la moral ascética que predica la resignación
romper las cadenas que nos esclavizan a la tiranía del maquinismo
renunciar a los falsos dioses del Paraíso para salvar nuestra vida
salvarla afirmando nuestra rebelión, reivindicando en la protesta los prestigios de la Gloriosa Aventura Humana.
Por eso somos profetas y religiosos, depositarios de un nuevo fervor cósmico, portadores de fulgurantes verdades para dar el salto a la salvación. La pasión de nuestro pensamiento gira en una órbita de santidad.
La revolución que predicamos es humilde y orgullosa: no pretendemos conquistar el mundo, sino conquistarnos a nosotros mismos mediante un alto sentido espiritual, un sentido que unifique nuestro ser terreno y eterno.
Predicamos la conquista absoluta de la vida. Predicamos la conquista absoluta del pan sin excluir el paraíso. Predicamos una Revolución espiritual en la que el valor más sagrado del hombre lo constituya la dignidad de su cuerpo. Sólo así, bajo el peso de la soledad de la cruz, se podrá marchar a la redención del hombre y del mundo.
Practica como verdad universal la verdad de tu vida.
No sigas banderas de partidos idiotas
no rijas tu vida por credos que te fabrican unos canallas que no creen en nada
no te rindas a las leyes de hierro de una moral que sólo quiere encadenar tus impulsos
no ingreses al orden de esta sociedad fabricada por fariseos y mercenarios
no ofrezcas tu cuerpo sagrado para que te entierren en las bóvedas confortables del
conformismo y la resignación.
¡Sublévate!
¡Estalla la bomba de tu ternura aterradora !
¡Sacude tu humanidad humillada, pues hay un dios oprimido dentro de ti. Libera a tu dios. Despierta a tu dios para que sueñe. Préstale tu voz para que cante. Tus poderes son infinitos.
Libera tu energía y conquista la Tierra.
No reconozcas el poder de los poderosos. Ellos sólo cuentan con las armas. Pero hay en ti un poder indestructible. Te pueden acribillar a balazos, aprisionar, degradar, pero serás invencible si no te rindes a su mentira.
No te humilles. No te dejes abofetear por segunda vez. Escupe la cara del verdugo. Muérete de risa antes de que esta Civilización criminal te decapite. Que tu última palabra en la horca no sea para pedir perdón, sino para cantar o maldecir.
No creas en la dulce mansedumbre del Cristo. Los verdugos son insaciables y crueles. Por eso abusan de nuestra paciencia y nuestra fe.
¡Contesta con bofetadas a las bofetadas!
¡A la muerte con la muerte!
¡No pagues con tu vida sino la inmortalidad!
Convierte el terror, si es necesario, en una ética de salvación.
No conquistes tu Reino con oraciones, sino con la violencia. Pues con la violencia los Césares nos han subyugado. Y Césares son hoy todos los que dominan el mundo con Razones Atómicas, con Razones imperiales. Sus tronos están levantados sobre tumbas, tanques, oro, brutalidad, y un poder infinito de destrucción. Y también sobre el miedo y la miseria de los pueblos.
Ellos son poderosos porque nos han robado nuestra fuerza. Con nuestra fuerza los hemos empujado al trono. Pero nos han traicionado. Nos han capado la dignidad y el coraje.
No te hagas trampas, ni juegues más a la inocencia. Cada pelo de tu ser es responsable del destino del mundo. Tus actos son soberanos y tienen el poder infinito de elegir el mundo que sueñas, en el que anhelas vivir. Sólo de ti depende vivir en una tumba o en un templo, digno o envilecido. En tus manos está elegir tu destino y el de tu patria.
No seas canalla eligiendo para tu patria a los canallas. No te entierres eligiendo para ti un mundo donde sobrevivir significa renunciar a vivir. Tu libertad puede ser sagrada o maldita si ella exalta la vida o la deshonra.
No olvides que la vida es un milagro, que tu vida es lo único nuevo y absoluto que existe bajo el sol, y que sólo eres inmortal en la medida en que estás vivo. Y que sólo estás vivo si eres consciente, si eres libre, si das a la tierra que te legaron un sentido maravilloso, y a tus actos un valor sagrado: honrar al hombre como si fuera un dios.
Porque tú eres el Mundo, y debes estar orgulloso de que cada acto tuyo sea responsable de la tierra y el cielo. Tú no tienes jefes. Tú no tienes más jefe que tu conciencia, que tu responsabilidad absoluta. Acepta por jefe, nada más, aquel que encarne la revolución espiritual de que te hablo. A ese síguelo como a ti mismo, pues hablará con tu voz, decidirá con tu voluntad, elegirá con tu libertad. Ese tomará el poder para ser la conciencia de la vida, identificar tu Ser con el del Universo, y dar una oportunidad a las posibilidades infinitas del hombre.
No te dejes urbanizar la conciencia. No olvides que eres un Milagro con pantalones. Mas nunca es tarde, ni todo será consumado si comprendes una cosa: que posees el secreto de la Naturaleza, que estás vivo, y eres el hijo predilecto de las estrellas.
Tu vida es bella, tu vida es santa, y la salvación está en este mundo. Yo te amo desde el fondo de mi desesperación, pero también sería capaz de odiarte si eres la amenaza y la negación de la vida. Por eso te recuerdo la única verdad que merece ser recordada, y es esta: hoy o mañana vas a morir, solo y sin esperanzas como se mueren los vivos. Pero sé de una cosa que derrota a la muerte, y esa cosa es tu propia vida.
Entonces, no te queda sino un camino, y es este: entrégate a vivir mortalmente, en cuerpo y alma. Sólo eso te salvará. A esa pasión de vivir y de morir yo la llamo inmortalidad.
Ya sabes cuál es el destino de tu ser divino: serás un dios cuando seas verdaderamente un hombre. Cuando resucites del foso pútrido de resignaciones y cobardías que es tu vida, en la que ese hombre posible que eres, yace cautivo.
En ese instante la revolución del hombre dejará de ser histórica para volverse historia sagrada. ¡No lo olvides, y asciende! ¡Nosotros somos hijos del sol!
lunes, 17 de junio de 2013
Un seductor diario
A veces soy feliz, especialmente cuando amo. Dejo que la vida me pase por los ojos y me dejo existir con una pasividad que no hace resistencia al temor ni a la idea de morir. El espíritu de inquietud cede sus furores al silencio, y una especie de bruma adormece las impaciencias del alma.
Pero el amor, aunque es mi sentimiento más creativo, no puede ser nunca la imagen de un amor feliz. Tiene que ser, necesariamente, un sentimiento de turbación, de ruptura. Tenerlo a distancia para conquistarlo, en esa lucha radica su belleza. Poseer plenamente un ser es destruirlo. Así, un sol deslumbrante destruye la luz, sofoca la mirada y arruina el esplendor de los objetos. La posesión es mortal al deseo, le roba su encanto, su misterio, ese misterio que es la esencia del amor, su arma más seductora. Por eso, la mujer que oculta su identidad en un antifaz, es excitante hasta la locura: estimula nuestra pasión de posesión, nuestra pasión creadora. Su ocultamiento se abre como un desafío a nuestra sed de conquista.
La mujer, al entregar su amor, debe conservar para sí una zona inédita, de penumbra, ésa que el hombre descubrirá después de la posesión, que casi siempre deja en el espíritu un sentimiento de rendición y nostalgia.
Si en ese proceso de la conquista esa zona se ilumina con la plenitud, los amantes deben renovarla, crearle al cielo de la pasión una nueva estrella y una nueva distancia. Y así, el proceso creador del amor se hará infinito, y el sexo dejará de ser un reclamo transitorio del instinto, para convertirse en un poema de vida y atormentada belleza que sellará su duración, salvándose de las amenazas de la rutina y el tedio.
No proclamo la astucia y la traición que son armas fraudulentas del amor pueril. Quiero excitar a la mujer a una rebelión de su naturaleza para que se sacuda los complejos seculares de la burda dominación que la tienen sometida a un destino miserable de objeto erótico y justificador del egoísmo viril. Esta liberación será posible cuando la mujer decida romper las antiguas estructuras que no le permiten más alternativa que una fatalidad procreadora, y cuando abandone el coqueto narcisismo del eterno femenino, por cuya imbecilidad ha pagado un precio demasiado caro. Entonces sí será un ser humano, un espíritu creador de valores cuyo porvenir no sólo es el hombre, sino la Historia.
Todos amamos alguna vez, y fracasamos un poco. La experiencia, unida a la reflexión sobre los sentimientos, nos enseña a conocer la naturaleza del alma, que es compleja como el misterio del mundo.
El amor tiene dos enemigos mortales: la felicidad total y la desdicha total. Ambos, si se erigen en sistemas eternos de vida emocional, acabarán por destruirlo. Lo ideal sería una verdad de amor cuyo equilibrio radicara en un poco de certeza y un poco de duda; de posesión y de lejanía; de plenitud y ansiedad; de ilusión y nostalgia. En la síntesis de estos opuestos el amor encontrará su centro de gravedad, su energía y sus fuentes de duración.
—¿Por qué nunca dices que me amas?
—¿Para qué? Adivínalo. Si te lo estuviera recordando a toda hora te aburriría y dejarías de amarme.
Tenía razón. Con su silencio ponía en movimiento mi fantasía, me excitaba a una lucha con sus fantasmas interiores, me ponía a dudar, a padecer los terrores de la esperanza, o las dulzuras de la desesperación.
El único porvenir del amor es el presente, y merecerlo cada día. Pues el amor tiene la duración de las cosas efímeras: del día, de la ola, del beso. Su “eternidad” depende de ese movimiento continuo para que una ola forme a la siguiente, y el beso induzca de nuevo al deseo. Con este ritmo incesante el amor puede ganarse como una victoria para cada día, que es mejor que para toda la “eternidad”.
Esa es, en esencia, la naturaleza y el destino del amor: lo que nace, vive, languidece, muere, y constantemente resucita. Y su resurrección dependerá del milagro que no es otra cosa que la Poesía. Pero esta poesía no son versos, ni se refiere a idealismos despojados de carne. Esa Poesía es Vida, está hecha del cuerpo de los amantes, sus deseos, sus silencios, y de cada átomo de energía viviente.
El amor, esa efusión, no es un divorcio del cuerpo y del espíritu, sino sus bodas. No existe el amor carnal ni el amor ideal. Tales prejuicios son aberraciones de la moral. El auténtico amor, el puro amor, es la apoteosis de cuerpo y alma en la unidad viviente de dos seres triunfando sobre la muerte.
Digamos en su honor que el amor es un misterio, y que su única evidencia es que existe. Pues sin duda existe y aclara otros misterios con su poder revelador. A veces, en noches de desamparo y amargo ateísmo, en brazos de una mujer, he descubierto el rostro de Dios. Por eso para mí es sagrado, porque colma en mi alma los abismos de lo divino, la necesidad de un ideal que dé sentido a la vida y haga florecer la tierra. Pues Dios es todo lo viviente, sobre todo una mujer amada, excepto cuando carga el amor de cadenas, de servidumbres, para hacer de la vida un infierno.
Esos pensamientos que imprimo sobre el amor son la respuesta a una pregunta furtiva de una mujer burguesa. Ella quería saber si el amor era para mí algo espiritual o material. Yo le dije con sumo respeto:
—Señora, son las dos cosas, pero en la cama.
Como era célibe y puritana se escandalizó. Pero yo no tengo la culpa de que el rostro de la verdad sea, como en el amor, un rostro desnudo. Mejor dicho, dos rostros desnudos.
Pero el amor, aunque es mi sentimiento más creativo, no puede ser nunca la imagen de un amor feliz. Tiene que ser, necesariamente, un sentimiento de turbación, de ruptura. Tenerlo a distancia para conquistarlo, en esa lucha radica su belleza. Poseer plenamente un ser es destruirlo. Así, un sol deslumbrante destruye la luz, sofoca la mirada y arruina el esplendor de los objetos. La posesión es mortal al deseo, le roba su encanto, su misterio, ese misterio que es la esencia del amor, su arma más seductora. Por eso, la mujer que oculta su identidad en un antifaz, es excitante hasta la locura: estimula nuestra pasión de posesión, nuestra pasión creadora. Su ocultamiento se abre como un desafío a nuestra sed de conquista.
La mujer, al entregar su amor, debe conservar para sí una zona inédita, de penumbra, ésa que el hombre descubrirá después de la posesión, que casi siempre deja en el espíritu un sentimiento de rendición y nostalgia.
Si en ese proceso de la conquista esa zona se ilumina con la plenitud, los amantes deben renovarla, crearle al cielo de la pasión una nueva estrella y una nueva distancia. Y así, el proceso creador del amor se hará infinito, y el sexo dejará de ser un reclamo transitorio del instinto, para convertirse en un poema de vida y atormentada belleza que sellará su duración, salvándose de las amenazas de la rutina y el tedio.
No proclamo la astucia y la traición que son armas fraudulentas del amor pueril. Quiero excitar a la mujer a una rebelión de su naturaleza para que se sacuda los complejos seculares de la burda dominación que la tienen sometida a un destino miserable de objeto erótico y justificador del egoísmo viril. Esta liberación será posible cuando la mujer decida romper las antiguas estructuras que no le permiten más alternativa que una fatalidad procreadora, y cuando abandone el coqueto narcisismo del eterno femenino, por cuya imbecilidad ha pagado un precio demasiado caro. Entonces sí será un ser humano, un espíritu creador de valores cuyo porvenir no sólo es el hombre, sino la Historia.
Todos amamos alguna vez, y fracasamos un poco. La experiencia, unida a la reflexión sobre los sentimientos, nos enseña a conocer la naturaleza del alma, que es compleja como el misterio del mundo.
El amor tiene dos enemigos mortales: la felicidad total y la desdicha total. Ambos, si se erigen en sistemas eternos de vida emocional, acabarán por destruirlo. Lo ideal sería una verdad de amor cuyo equilibrio radicara en un poco de certeza y un poco de duda; de posesión y de lejanía; de plenitud y ansiedad; de ilusión y nostalgia. En la síntesis de estos opuestos el amor encontrará su centro de gravedad, su energía y sus fuentes de duración.
—¿Por qué nunca dices que me amas?
—¿Para qué? Adivínalo. Si te lo estuviera recordando a toda hora te aburriría y dejarías de amarme.
Tenía razón. Con su silencio ponía en movimiento mi fantasía, me excitaba a una lucha con sus fantasmas interiores, me ponía a dudar, a padecer los terrores de la esperanza, o las dulzuras de la desesperación.
El único porvenir del amor es el presente, y merecerlo cada día. Pues el amor tiene la duración de las cosas efímeras: del día, de la ola, del beso. Su “eternidad” depende de ese movimiento continuo para que una ola forme a la siguiente, y el beso induzca de nuevo al deseo. Con este ritmo incesante el amor puede ganarse como una victoria para cada día, que es mejor que para toda la “eternidad”.
Esa es, en esencia, la naturaleza y el destino del amor: lo que nace, vive, languidece, muere, y constantemente resucita. Y su resurrección dependerá del milagro que no es otra cosa que la Poesía. Pero esta poesía no son versos, ni se refiere a idealismos despojados de carne. Esa Poesía es Vida, está hecha del cuerpo de los amantes, sus deseos, sus silencios, y de cada átomo de energía viviente.
El amor, esa efusión, no es un divorcio del cuerpo y del espíritu, sino sus bodas. No existe el amor carnal ni el amor ideal. Tales prejuicios son aberraciones de la moral. El auténtico amor, el puro amor, es la apoteosis de cuerpo y alma en la unidad viviente de dos seres triunfando sobre la muerte.
Digamos en su honor que el amor es un misterio, y que su única evidencia es que existe. Pues sin duda existe y aclara otros misterios con su poder revelador. A veces, en noches de desamparo y amargo ateísmo, en brazos de una mujer, he descubierto el rostro de Dios. Por eso para mí es sagrado, porque colma en mi alma los abismos de lo divino, la necesidad de un ideal que dé sentido a la vida y haga florecer la tierra. Pues Dios es todo lo viviente, sobre todo una mujer amada, excepto cuando carga el amor de cadenas, de servidumbres, para hacer de la vida un infierno.
Esos pensamientos que imprimo sobre el amor son la respuesta a una pregunta furtiva de una mujer burguesa. Ella quería saber si el amor era para mí algo espiritual o material. Yo le dije con sumo respeto:
—Señora, son las dos cosas, pero en la cama.
Como era célibe y puritana se escandalizó. Pero yo no tengo la culpa de que el rostro de la verdad sea, como en el amor, un rostro desnudo. Mejor dicho, dos rostros desnudos.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Diario de un nadaísta
4 a.m. Un alba roja. Llego a la casa completamente borracho. En el árbol, frente a la puerta que ostenta al respaldo la leyenda: “Al Demonio, no entres”, vomito. Esta casa es mi hogar.
7 a.m. ¡Esta vida no puede seguir así!
7 y media. Mi madre me habla de la hora de la muerte. Me cuenta una pesadilla: yo estaba tendido en una mesa de cirugía. Me cortaban con un hacha de carnicero los dedos de las manos y de los pies, uno a uno. Me río a carcajadas. Mi madre se enfurece con mi cinismo y se va para una agencia funeraria donde negocia un ataúd de onda corta para mi edad. Mi madre pide ocho pesos de rebaja. El tipo acredita el cajón, la calidad de la madera, el terciopelo. Y se niega. Mi madre, ofendida, tira mi cadáver sonriente en un tarro de basura.
8 y 17. Vomito en el retrete las flores de astromelio que comí anoche en el parque Bolívar, las que nacen al propio pie del libertador de América. Convierto el retrete en un florero.
Las 9. Me tiendo en el baño y abro la ducha. Me ahogo. El agua tibia me adormece. Pienso que algún día me suicidaré . Yo no soy poeta, no bebo ajenjo, ni me inyecto morfina. Yo soy el emperador de Roma.
9 y 15. Así las cosas, una rata de color blanco me roe el estómago en un sitio muy sensible entre el pubis y el ombligo. Como veo que no es una mujer, la tomo de la cola húmeda y peluda y la balanceo. Me mira con sus ojos azules de estrella de cine. ¿Serán los de Brigitte Bardot? He visto esos ojos en alguna parte. Recuerdo... Ah... son los ojos de mi madre. La rata chilla. Patalea. Yo le digo: “Mi bichito, mi chiquita, mi amante...”. Y la arrojo en el retrete. Suelto el agua. La rata se ahoga. Luego desaparece en la alcantarilla. Una vez más, saca la cabeza, y sus bellos ojos azules son rojos ahora. Finalmente desaparece. Vuelvo a vomitar.
Las 10. No pasa nada.
Las 11. —Mamá, tráigame la excomunión.
—¿La excomunión?
—Sí , porque me quiero morir. Todo está listo para la hora de mi muerte.
—Será la extremaunción —dice mi madre.
—Bueno, lo que sea.
Las doce. Juliette Greco canta para mí. Tiene una linda voz erótica y cabellos largos. Me estremezco. Ahora me sonríe... ¡Retírate prostituta!
Las doce y pico. Llamo a Sofía la sirvienta y le pido un número de cinco cifras. Ella dice —El cinco.
—¿Tú no sabes aritmética?
—No señor, yo soy aquí la sirvienta.
—Gracias, Sofía.
Yo mismo marco un número al azar en el teléfono, desordenadamente. Una voz dice al otro lado: “¿Aló...?”. Y yo digo: “¿Aló?”.
—¿Quién habla?
—El Diablo.
—¿Y qué quiere?
—Regalarle un collar.
—¿Usted está loco, señor?
—No me llame señor, habla con el enemigo malo.
La mujer cuelga el teléfono y éste suena, bip. bip. bip.
Yo existo, porquería.
Alguna hora. Sueño. Veo un rostro desconocido, pero bello. Me escupe. La mujer se enfurece porque no despierto. Me pongo a tocar un piano de la Edad Media. Es tan dulce la melodía que me hace reír. Me descalzo. Salto sobre una pista de baile llena de clavos. Es un jazz de Duke Ellington. Los clavos me traspasan las uñas y la carne. Grito de alegría.
Las 2. Despierto. Veo sangre por todas partes, por todas partes veo sangre. Pido el aspirador eléctrico con que barren el piso, y la empaco en latas de manteca. Lleno 16 galones. Llamo a Sofía y le digo que me prepare el desayuno y que haga el huevo en esa manteca-sangre para que sepa a cadáver empollado.
—Kikirikiiii...
—Señor Gonzalo—dice Sofía—, canta usted como un gallito de pelea.
—Yo soy un pelele, Sofía.
Las 3. Yo inventé el sueño restaurador de la energía nuclear. Hay quien tiene la absurda creencia de que yo soy un sabio atómico. Yo tengo pruebas irrefutables para sostenerle al mundo que ésa es una abyecta mentira.
Las 4. Me calzo los pies ensangrentados con ruedas de helicóptero. Subo al tejado volando para recibir la brisa de la tarde. Le coqueteo a un gallinazo para que venga a hacerme compañía. El gallinazo se posa sobre mis piernas huesudas y me roe brutalmente. Trato de disuadirlo de que me picotee, pero no obedece. Entonces le tuerzo el pescuezo y empieza a vomitar sangre. Me cubro el estómago del asesinato. ¿Estará tuberculoso? Cuando se desgonza y estira las patas se lo arrojo a las palomas. Hormigas de gran tamaño mecánico con alas en las que se lee “USA” acuden al banquete. Lloro desconsoladamente y me golpeo la cabeza con una teja de barro. La teja se destroza contra el occipital. Mi cabeza es genialmente sólida. ¡Soy feliz!
Un fuerte sol evapora las partículas sobrantes del gallinazo, y reintegra su esencia a la materia indestructible del mundo.
Las 5. Cae el crepúsculo.
—Baja de una vez—dice mi madre—. La rata te solicita del otro lado de la alcantarilla.
—Dígale que no tengo tiempo de atenderla.
—Dice que es urgente, de vida o muerte.
—La rata debe querer un trago de ron doble, dáselo...
—No hay ron.
—Entonces, querida mamá, dale un garrotazo...
Necesito un espejo para jugar con los últimos rayos de sol.
—Mamá, tráeme el espejo.
—El espejo se quebró.
—Entonces, sácate el ojo de vidrio, esta noche te lo devuelvo.
—Haré el sacrificio, si tú me lo pides. Pero dime, ¿qué hago con un solo ojo?
—Me verás medio loco...
Las seis en punto. El amor no existe.
Las seis y 20. Luz Marina Zuluaga es la reina del Universo. Pregunta inquietante: ¿Cómo sería yo casado con una reina de belleza?
Las 8 de la noche. Algo me rasca en la cabeza. Me acaricio. Puede ser una idea genial. La acaricio con ternura para que no se me escape. La tengo entre mis dedos. ¡Ya está! Dios mío, es un piojo. Lo volteo. Patalea en el centro de mi mano. Tiene 14 pares de patas inmensas. Le arrojo bocanadas de humo para emborracharlo. El piojo se pone a cantar el Himno Nacional de Colombia. Luego canta la Marsellesa en un impecable francés de la época de Rosseau. Y finalmente canta la Internacional. Grita como un líder obrero: “Viva Stalin, abajo Trotsky el traidor”. Como yo admiro a Trotsky, le ordeno al piojo que se suicide. El insecto me pide perdón, pero mi madre dice: —No lo perdones, es un inmundo bolchevique.
—Mamá, ¿qué dices, le perdonamos?
—Si abdica del comunismo.
El piojo grita: Viva el Nadaísmo. ¡Viva Gonzaloarango!
Mi madre dice: —Que se suicide, ese piojo no tiene salvación.
La media noche. Me bajo del tejado por una escalera. Hay una linda luna llena. Me visto. Salgo a la calle. En la primera esquina me asalta este pensamiento tranquilizador: Hoy no hice nada.
7 a.m. ¡Esta vida no puede seguir así!
7 y media. Mi madre me habla de la hora de la muerte. Me cuenta una pesadilla: yo estaba tendido en una mesa de cirugía. Me cortaban con un hacha de carnicero los dedos de las manos y de los pies, uno a uno. Me río a carcajadas. Mi madre se enfurece con mi cinismo y se va para una agencia funeraria donde negocia un ataúd de onda corta para mi edad. Mi madre pide ocho pesos de rebaja. El tipo acredita el cajón, la calidad de la madera, el terciopelo. Y se niega. Mi madre, ofendida, tira mi cadáver sonriente en un tarro de basura.
8 y 17. Vomito en el retrete las flores de astromelio que comí anoche en el parque Bolívar, las que nacen al propio pie del libertador de América. Convierto el retrete en un florero.
Las 9. Me tiendo en el baño y abro la ducha. Me ahogo. El agua tibia me adormece. Pienso que algún día me suicidaré . Yo no soy poeta, no bebo ajenjo, ni me inyecto morfina. Yo soy el emperador de Roma.
9 y 15. Así las cosas, una rata de color blanco me roe el estómago en un sitio muy sensible entre el pubis y el ombligo. Como veo que no es una mujer, la tomo de la cola húmeda y peluda y la balanceo. Me mira con sus ojos azules de estrella de cine. ¿Serán los de Brigitte Bardot? He visto esos ojos en alguna parte. Recuerdo... Ah... son los ojos de mi madre. La rata chilla. Patalea. Yo le digo: “Mi bichito, mi chiquita, mi amante...”. Y la arrojo en el retrete. Suelto el agua. La rata se ahoga. Luego desaparece en la alcantarilla. Una vez más, saca la cabeza, y sus bellos ojos azules son rojos ahora. Finalmente desaparece. Vuelvo a vomitar.
Las 10. No pasa nada.
Las 11. —Mamá, tráigame la excomunión.
—¿La excomunión?
—Sí , porque me quiero morir. Todo está listo para la hora de mi muerte.
—Será la extremaunción —dice mi madre.
—Bueno, lo que sea.
Las doce. Juliette Greco canta para mí. Tiene una linda voz erótica y cabellos largos. Me estremezco. Ahora me sonríe... ¡Retírate prostituta!
Las doce y pico. Llamo a Sofía la sirvienta y le pido un número de cinco cifras. Ella dice —El cinco.
—¿Tú no sabes aritmética?
—No señor, yo soy aquí la sirvienta.
—Gracias, Sofía.
Yo mismo marco un número al azar en el teléfono, desordenadamente. Una voz dice al otro lado: “¿Aló...?”. Y yo digo: “¿Aló?”.
—¿Quién habla?
—El Diablo.
—¿Y qué quiere?
—Regalarle un collar.
—¿Usted está loco, señor?
—No me llame señor, habla con el enemigo malo.
La mujer cuelga el teléfono y éste suena, bip. bip. bip.
Yo existo, porquería.
Alguna hora. Sueño. Veo un rostro desconocido, pero bello. Me escupe. La mujer se enfurece porque no despierto. Me pongo a tocar un piano de la Edad Media. Es tan dulce la melodía que me hace reír. Me descalzo. Salto sobre una pista de baile llena de clavos. Es un jazz de Duke Ellington. Los clavos me traspasan las uñas y la carne. Grito de alegría.
Las 2. Despierto. Veo sangre por todas partes, por todas partes veo sangre. Pido el aspirador eléctrico con que barren el piso, y la empaco en latas de manteca. Lleno 16 galones. Llamo a Sofía y le digo que me prepare el desayuno y que haga el huevo en esa manteca-sangre para que sepa a cadáver empollado.
—Kikirikiiii...
—Señor Gonzalo—dice Sofía—, canta usted como un gallito de pelea.
—Yo soy un pelele, Sofía.
Las 3. Yo inventé el sueño restaurador de la energía nuclear. Hay quien tiene la absurda creencia de que yo soy un sabio atómico. Yo tengo pruebas irrefutables para sostenerle al mundo que ésa es una abyecta mentira.
Las 4. Me calzo los pies ensangrentados con ruedas de helicóptero. Subo al tejado volando para recibir la brisa de la tarde. Le coqueteo a un gallinazo para que venga a hacerme compañía. El gallinazo se posa sobre mis piernas huesudas y me roe brutalmente. Trato de disuadirlo de que me picotee, pero no obedece. Entonces le tuerzo el pescuezo y empieza a vomitar sangre. Me cubro el estómago del asesinato. ¿Estará tuberculoso? Cuando se desgonza y estira las patas se lo arrojo a las palomas. Hormigas de gran tamaño mecánico con alas en las que se lee “USA” acuden al banquete. Lloro desconsoladamente y me golpeo la cabeza con una teja de barro. La teja se destroza contra el occipital. Mi cabeza es genialmente sólida. ¡Soy feliz!
Un fuerte sol evapora las partículas sobrantes del gallinazo, y reintegra su esencia a la materia indestructible del mundo.
Las 5. Cae el crepúsculo.
—Baja de una vez—dice mi madre—. La rata te solicita del otro lado de la alcantarilla.
—Dígale que no tengo tiempo de atenderla.
—Dice que es urgente, de vida o muerte.
—La rata debe querer un trago de ron doble, dáselo...
—No hay ron.
—Entonces, querida mamá, dale un garrotazo...
Necesito un espejo para jugar con los últimos rayos de sol.
—Mamá, tráeme el espejo.
—El espejo se quebró.
—Entonces, sácate el ojo de vidrio, esta noche te lo devuelvo.
—Haré el sacrificio, si tú me lo pides. Pero dime, ¿qué hago con un solo ojo?
—Me verás medio loco...
Las seis en punto. El amor no existe.
Las seis y 20. Luz Marina Zuluaga es la reina del Universo. Pregunta inquietante: ¿Cómo sería yo casado con una reina de belleza?
Las 8 de la noche. Algo me rasca en la cabeza. Me acaricio. Puede ser una idea genial. La acaricio con ternura para que no se me escape. La tengo entre mis dedos. ¡Ya está! Dios mío, es un piojo. Lo volteo. Patalea en el centro de mi mano. Tiene 14 pares de patas inmensas. Le arrojo bocanadas de humo para emborracharlo. El piojo se pone a cantar el Himno Nacional de Colombia. Luego canta la Marsellesa en un impecable francés de la época de Rosseau. Y finalmente canta la Internacional. Grita como un líder obrero: “Viva Stalin, abajo Trotsky el traidor”. Como yo admiro a Trotsky, le ordeno al piojo que se suicide. El insecto me pide perdón, pero mi madre dice: —No lo perdones, es un inmundo bolchevique.
—Mamá, ¿qué dices, le perdonamos?
—Si abdica del comunismo.
El piojo grita: Viva el Nadaísmo. ¡Viva Gonzaloarango!
Mi madre dice: —Que se suicide, ese piojo no tiene salvación.
La media noche. Me bajo del tejado por una escalera. Hay una linda luna llena. Me visto. Salgo a la calle. En la primera esquina me asalta este pensamiento tranquilizador: Hoy no hice nada.
Los Nadaístas
Los Nadaístas invadieron la ciudad como una peste:
de los bares saxofónicos al silencio de los libros
de los estadios olímpicos a los profilácticos
de las soledades al ruido dorado de las muchedumbres
de sur a norte
al encenderse de rosa el día
hasta el advenimiento de los neones
y más tarde la consumación de los carbones nocturnos
hasta la bilis del alba.
Va solo hacia ninguna parte
porque no hay sitio para él en el mundo
no está triste por eso
le gusta vivir porque es tonto estar muerto
o no haber nacido.
Es un nadaísta porque no puede ser otra cosa
está marcado por el dolor de esta pregunta
que sale de su boca como un vómito tibio
de color malva y emocionante pureza:
“¿Por qué hay cosas y no más bien Nada?”
Este signo de interrogación lo distingue
de otras verdades y de otros seres.
El es él como una ola es una ola
lleva encima su color que lo define revolucionario
como es propia la liquidez del agua
del hombre ser mortal
del viento ser errante
del gusano arrastrarse a su agujero
de la noche ser oscura como un pensamiento
sin porvenir
Ha teñido su camisa de revolución
en los resplandores de los incendios
en el asesinato de la belleza
en el suicidio eléctrico del pensamiento
en las violaciones de las vírgenes
o simplemente en el barrio pobre de los tintoreros.
Lleva su camisa roja como un honor
como un cielo lleva su estrella
como un semáforo produce su luz intermitente
de catástrofe
como una envoltura de “pall-mall”
perfumando su pecho de adolescente.
El Nadaísta es joven y resplandece de soledad
es un eclipse bajo los neones pálidos
y los alambres del telégrafo
es, en el estruendo de la ciudad
y entre sus rascacielos,
el asombro de una flor teñida de púrpura
en los desechos de la locura.
Tiene el peligro de los labios rojos y los polvorines
mira los objetivos con ojos tristes de aniversario
es el terror de los retóricos
y los fabricantes de moral
es sensitivo como un gonococo esquizofrénico
inteligente como un tratado de magia negra
ruidoso como una carambola a las dos de la mañana
amotinado como un olor de alcantarillo
frívolo como un cumpleaños
es un monje sibarita que camina sin temblor
a su condenación eterna
sobre zapatos de gamuza.
Sufre el vértigo de los sacudimientos
electrónicos del jazz
y las velocidades a contra-reloj
corazón de rayo de voltio que estalla
en el parabrisas de un Volkswagen
deseando la mujer de tu prójimo.
Se aburre mortalmente pero existe.
No se suicida porque ama furiosamente fornicar
jugar billar-pool en las noches inagotables
brindar ron en honor a su existencia
estirarse en los prados bajo las lunas metálicas
no pensar
no cansarse
no morirse de felicidad
ni de aburrimiento.
Es espléndido como una estrella muerta
que gira con radar en los vagos cielos vacíos.
No es nada pero es un Nadaísta
¡Y está salvado
de los bares saxofónicos al silencio de los libros
de los estadios olímpicos a los profilácticos
de las soledades al ruido dorado de las muchedumbres
de sur a norte
al encenderse de rosa el día
hasta el advenimiento de los neones
y más tarde la consumación de los carbones nocturnos
hasta la bilis del alba.
Va solo hacia ninguna parte
porque no hay sitio para él en el mundo
no está triste por eso
le gusta vivir porque es tonto estar muerto
o no haber nacido.
Es un nadaísta porque no puede ser otra cosa
está marcado por el dolor de esta pregunta
que sale de su boca como un vómito tibio
de color malva y emocionante pureza:
“¿Por qué hay cosas y no más bien Nada?”
Este signo de interrogación lo distingue
de otras verdades y de otros seres.
El es él como una ola es una ola
lleva encima su color que lo define revolucionario
como es propia la liquidez del agua
del hombre ser mortal
del viento ser errante
del gusano arrastrarse a su agujero
de la noche ser oscura como un pensamiento
sin porvenir
Ha teñido su camisa de revolución
en los resplandores de los incendios
en el asesinato de la belleza
en el suicidio eléctrico del pensamiento
en las violaciones de las vírgenes
o simplemente en el barrio pobre de los tintoreros.
Lleva su camisa roja como un honor
como un cielo lleva su estrella
como un semáforo produce su luz intermitente
de catástrofe
como una envoltura de “pall-mall”
perfumando su pecho de adolescente.
El Nadaísta es joven y resplandece de soledad
es un eclipse bajo los neones pálidos
y los alambres del telégrafo
es, en el estruendo de la ciudad
y entre sus rascacielos,
el asombro de una flor teñida de púrpura
en los desechos de la locura.
Tiene el peligro de los labios rojos y los polvorines
mira los objetivos con ojos tristes de aniversario
es el terror de los retóricos
y los fabricantes de moral
es sensitivo como un gonococo esquizofrénico
inteligente como un tratado de magia negra
ruidoso como una carambola a las dos de la mañana
amotinado como un olor de alcantarillo
frívolo como un cumpleaños
es un monje sibarita que camina sin temblor
a su condenación eterna
sobre zapatos de gamuza.
Sufre el vértigo de los sacudimientos
electrónicos del jazz
y las velocidades a contra-reloj
corazón de rayo de voltio que estalla
en el parabrisas de un Volkswagen
deseando la mujer de tu prójimo.
Se aburre mortalmente pero existe.
No se suicida porque ama furiosamente fornicar
jugar billar-pool en las noches inagotables
brindar ron en honor a su existencia
estirarse en los prados bajo las lunas metálicas
no pensar
no cansarse
no morirse de felicidad
ni de aburrimiento.
Es espléndido como una estrella muerta
que gira con radar en los vagos cielos vacíos.
No es nada pero es un Nadaísta
¡Y está salvado
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